Hablando del archivo propio, íntimo, familiar, pregunto: Dentro de ese archivo, ¿qué tipo de materiales te interesa conservar y cuáles prefieres dejar fuera? ¿Existe una ética de la selección en tu práctica? Para ser clara: ¿qué te interesa ver (o que sea visto) cuando seleccionas el archivo con el que trabajarás?
Creo que lo que más me interesa de mi archivo familiar son aquellas fotografías en las que puedo encontrar pistas sobre mi infancia. Hay algo en esas imágenes que me conmueve particularmente. Los gestos, las poses, las expresiones, incluso ciertas maneras de ocupar el espacio que puedo reconocer en mí desde muy pequeño. Siento que ahí aparece una forma de mostrarse hacia el mundo que todavía no estaba tan condicionada por el juicio externo, las expectativas sociales o la necesidad de construir una identidad determinada. Mirarlas hoy me produce mucha ternura porque también me permite reconocer algo de mí que quizás tuve que limitar a medida que fui creciendo.
Por eso me interesan especialmente las fotografías tomadas por mi familia durante mi infancia y la de mis hermanas, tanto en Manabí como en Venezuela. Pero, al mismo tiempo, al revisar el archivo aparecieron imágenes que me hicieron pensar en otra dimensión de la fotografía familiar. Por ejemplo, en el mismo álbum donde estaban mis fotografías de niño, encontré imágenes de familiares y conocidos, entre ellas fotografías de hombres travestidos, algunos de ellos ebrios, tomadas desde la burla. Ahí entendí que el archivo también conserva las formas de mirar que existían dentro de una familia y de una época.
Entonces el archivo no es para mí un lugar inocente ni transparente. Cada fotografía contiene una decisión. Alguien decidió mirar, encuadrar y capturar algo en particular. Me interesa preguntarme qué motivó esa mirada, qué estaba ocurriendo alrededor de ese momento y qué quedó fuera del encuadre. Incluso una fotografía que salió mal puede revelar algo. Una prenda, un objeto, un espacio, una mirada o aquello que aparece accidentalmente puede convertirse en una pista de la época y del contexto en que fue realizada.
Más que tener una ética de selección completamente definida, siento que la estoy construyendo a medida que conozco mi propio archivo. Por eso, cuando lo miro, no solamente busco recordar. Me interesa leerlo. Preguntarme qué mirada construyó cada imagen y qué otras historias, además de la que aparentemente documenta, quedaron inscritas ahí.

Cuando trabajas con fotografías antiguas o con recuerdos familiares, ¿sientes que estás restaurando algo o interviniéndolo?
Por ahora siento que estoy restaurando, o más bien recuperando, algo de la memoria familiar. Todavía no me atrevo a intervenir el archivo porque antes necesito escucharlo y entender qué contiene.
Me interesa mucho pensar en la diferencia entre nuestra relación actual con las imágenes y la que existía cuando la fotografía implicaba una cierta materialidad. Hoy producimos fotografías constantemente, pero antes había que comprar un rollo, decidir llevarlo a un viaje, tomar las fotografías, revelarlas y finalmente tenerlas en las manos. Había un tiempo y una intención distintos alrededor de cada imagen.
Esto se vuelve especialmente significativo cuando encuentro fotografías con anotaciones de mi mamá en el reverso. Cuando mis papás emigraron a Venezuela en busca de mejores condiciones de vida, enviar fotografías físicas hasta Manabí era una manera de hacer presente a una familia que estaba separada. Mi mamá escribía detrás de algunas de esas fotos como si fueran cartas. Registraba cómo estábamos, cómo crecíamos o las costumbres heredadas permanecían.
Entonces la fotografía dejaba de ser solamente una imagen y se convertía también en una forma de correspondencia, de afecto y de presencia. Eso cambió mi manera de entender el archivo. Ya no lo veo únicamente como un conjunto de documentos sobre una época, sino como un registro emocional de una familia atravesada por la migración, la distancia y el deseo de mantenerse cerca.
Por eso, por ahora, mi gesto frente al archivo es más de escucha que de intervención. Antes de modificarlo, necesito entender qué historias, afectos y formas de mirar ya están contenidos en él.

¿Qué te interesa de trabajar con la infancia? ¿Hablarlo solo como experiencia temporal, como etapa biográfica, etc.?
La infancia me interesa no solamente como una etapa biográfica, sino como un momento en el que todavía existe una posibilidad de mostrarse hacia el mundo antes de que esa experiencia sea completamente moldeada por los juicios externos.
Pienso mucho en qué hubiese querido ser Will de niño y en cómo algunas cosas que hago hoy pueden ser, de alguna manera, una forma de hacer feliz a ese niño que fui y que, a medida que crecía, tuvo que limitar ciertas formas de sentir y expresarse.
Por eso me interesa especialmente pensar en las infancias queer. Hay normas que aparecen muy temprano, como los roles de género, las formas de masculinidad y las maneras de comportarse, de vestirse o de relacionarse. Muchas veces las aprendemos antes incluso de comprenderlas. Me interesa pensar qué sucede cuando un/una/unx niño/niña/niñx empieza a percibir que hay partes de sí mismo que no encajan con aquello que se espera de él/ella/elle.
En ese sentido, la ficción se ha convertido para mí en una herramienta para imaginar otras posibilidades. Piel de Ángel nació también de esa necesidad. No solamente recordar una experiencia de infancia, sino preguntarme cómo podría haber sido atravesarla de otra manera.
Al mismo tiempo, me cuesta pensar la infancia únicamente desde la nostalgia o la inocencia. También es un territorio profundamente político, porque hay infancias atravesadas por la violencia y la precariedad. Pienso en los niños de Las Malvinas, Manabí o Esmeraldas, y en cómo incluso la posibilidad de jugar, aprender o imaginar puede verse condicionada por el contexto en el que crecen.
Entonces mi interés por la infancia también parte de una pregunta por las condiciones que necesitamos construir para que un niño pueda sentirse libre de imaginar, expresarse y crecer sin miedo. No se trata solamente de recordar la infancia, sino de preguntarnos qué tipo de infancia estamos haciendo posible.
Hablando de la infancia, ¿qué de importante crees que hay en ese momento de la vida? ¿Qué cosas crees que solo se pueden ver o decir si miramos a la infancia? Digo, cosas que de adultos ya no tenemos o que no funcionan de la misma manera.
Creo que una de las cosas más importantes de la infancia es la relación que tenemos con la sensibilidad y con el tiempo.
A medida que crecemos, el sistema empieza a enseñarnos cómo ocupar nuestro lugar dentro de él. Aparecen el trabajo, la productividad, la necesidad de sobrevivir y las expectativas sobre lo que deberíamos ser. También aprendemos a regular nuestras acciones a partir del miedo al juicio, de sus consecuencias o de la necesidad de encajar.
En la infancia existe, al menos idealmente, un momento anterior a todo eso. Hay una curiosidad que todavía no está completamente regulada por el miedo y una relación mucho más intensa con el presente. Descubrir un objeto, un lugar, una textura o una historia puede ser suficiente para ocupar completamente el tiempo. Existe también la posibilidad de hacer algo sin preguntarte inmediatamente si está bien, si es útil o si alguien te va a juzgar.
Esa sensibilidad no desaparece necesariamente cuando crecemos, pero sí se transforma. A veces incluso tenemos que desaprender ciertas cosas para volver a acercarnos a ella.
Y hay una contradicción que siempre me ha intrigado. De niños sentimos que el tiempo pasa demasiado lento y estamos desesperados por crecer. Cuando finalmente crecemos, muchas veces quisiéramos recuperar esa relación con el tiempo.
Por eso me interesa volver a mirar la infancia. No porque crea que allí exista una pureza absoluta, sino porque encuentro una sensibilidad que todavía no ha sido completamente domesticada por la vida adulta.

Háblanos de tu cortometraje “Piel de ángel”. ¿Cómo surgió la idea? ¿De qué trata?
Piel de Ángel es un cortometraje de ficción que escribí en 2023 a partir de un proceso bastante intuitivo de intentar recordar mi infancia. No recuerdo un momento exacto en el que apareció la idea. Más bien fue surgiendo mientras intentaba acceder a ciertas sensaciones, miedos y recuerdos.
En esa época viajaba frecuentemente a Manabí y, al pasar por Jipijapa, veía con frecuencia los chongos y a trabajadoras sexuales. Esa imagen se cruzó con un recuerdo muy concreto. El miedo que me producía que uno de mis tíos me amenazara con llevarme al chongo.
Con el tiempo entendí que ese miedo no tenía que ver solamente con el lugar, sino con todo lo que ese espacio representaba dentro de un determinado ritual de masculinidad. Para un niño queer, enfrentarse a ese ritual también implica enfrentarse a una expectativa sobre aquello que supuestamente debería llegar a ser.
A partir de ahí, la película se convirtió en una reflexión sobre cómo las miradas adultas, los prejuicios y ciertas formas de masculinidad terminan moldeando la manera en que una infancia puede imaginarse a sí misma.
También me llevó a mirar mi propia historia familiar y preguntarme por esas dinámicas patriarcales que se heredan de generación en generación, y por cómo incluso los hombres que crecen dentro de ellas pueden verse afectados emocional y afectivamente.
Por eso, aunque Piel de Ángel parte de una infancia queer, para mí también es una exploración de la masculinidad y de las posibilidades que ofrece la ficción para poner en tensión aquello que heredamos e imaginar otras formas de crecer.
Ahora me gustaría que nos cuentes si crees que hay algo que el cine te permitió hacer y que usualmente no es posible con la fotografía.
Sí. Creo que una de las cosas más fascinantes del cine es la posibilidad de construir significado a través de la relación entre diferentes imágenes. El montaje permite que una imagen transforme la manera en que entendemos otra, y esa posibilidad de crear asociaciones me interesa muchísimo.
Yo vengo de la fotografía y durante mucho tiempo mi relación con la imagen estuvo concentrada en construir una fotografía. Con el cine descubrí que podía pensar en un universo completo y en cómo distintas herramientas podían construirlo. Ahí es donde para mí aparece la dirección. No se trata solamente de imaginar una imagen y hacerla realidad, sino de conseguir que la fotografía, la dirección de arte, el sonido, la actuación y el montaje construyan una misma sensibilidad.
En Piel de Ángel, eso significaba imaginar cómo podía verse, pero también cómo podía sonar y sentirse la costa ecuatoriana atravesada desde una mirada queer. El sonido, por ejemplo, permite evocar sensaciones que no necesariamente pasan por lo visible.
Creo que esa posibilidad de articular distintos lenguajes y, además, hacerlo de manera colectiva, es lo que más me ha emocionado del cine. Más que pensar que un medio puede hacer más que otro, me interesa descubrir qué puede hacer cada uno y qué lenguaje pide cada proyecto.
¿Hay alguna imagen de tu infancia que sigue persiguiéndote y todavía no has logrado fotografiar o filmar?
Sí. Y capaz voy a sonar un poco loco contando esto, pero hay una imagen de mi infancia que recuerdo con una claridad impresionante. Haber visto un duende.
Tenía alrededor de diez años y estaba durmiendo en casa de mi abuela, en Portoviejo, Manabí. Recuerdo despertarme durante la noche y mirar hacia una pequeña ventana que daba a un terreno baldío. Allí vi una figura pequeña, con las manos y las uñas muy largas apoyadas en la reja, un sombrero alto y puntiagudo y dos ojos rojos y brillantes mirándome directamente desde la oscuridad.
Hasta hoy no sé exactamente qué fue aquello. Pero hace unos meses descubrí que una prima también tenía un recuerdo muy parecido relacionado con esa misma casa. Mi familia, además, conserva historias sobre una duenda que perseguía a mi abuelo cuando iba al campo a recoger las frutas que vendía.
Eso me hizo pensar en cómo el recuerdo individual también puede estar atravesado por un imaginario familiar y territorial. El duende existe en mi memoria, pero también forma parte de un sistema de relatos, supersticiones y formas de entender el territorio que me ha acompañado desde la infancia.
También me interesa pensar por qué esa figura apareció ante mí. Hoy, desde la adultez, puedo relacionarla con preguntas que entonces no tenía herramientas para formular, como el deseo, el miedo, el despertar sexual o incluso el tener otra sensibilidad. No sé si realmente están conectadas, pero me interesa que puedan coexistir como interpretaciones de una misma imagen.
Y justamente por eso sí me gustaría algún día llevar esa imagen al cine. Me interesa la figura del duende no solo como una experiencia personal, sino como una figura que habita un territorio de lo inexplorado, entre el deseo, la magia, las creencias populares y todo aquello que de niños todavía no sabemos cómo nombrar. Creo que una película podría permitirme explorar ese espacio sin necesidad de resolverlo, conservando parte de su misterio y de su incertidumbre.
Para terminar, ¿nos cuentas algo de tus trabajos en proceso? Sé que acabas de inaugurar una expo en Manta, me gustaría saber más de ella, también sobre la posibilidad de estrenar “Piel de ángel” para que la podamos ver.
Actualmente siento que estoy en un momento en el que recién empiezo a entender con mayor claridad los intereses que atraviesan mi práctica. Muchos de mis proyectos han partido de preguntas sobre memoria, territorio, identidad e infancia, y ahora me interesa entender cómo esas preguntas pueden relacionarse y convertirse en una investigación más sostenida.
Acabo de inaugurar en Manta La persistencia de lo frágil, una exposición con curaduría de Gabriela Moyano que reúne Flor de combate y Piel de Ángel. Para mí era importante poner ambos proyectos en diálogo porque, aunque parten de lenguajes distintos, comparten una búsqueda de construir una mirada más autoral e íntima. Flor de combate nace desde el retrato de mi familia, personas cercanas y miembros de la comunidad queer, mientras que Piel de Ángel lleva algunas de esas inquietudes hacia la ficción.
Ahora estamos iniciando el proceso de circulación de Piel de Ángel. Además de su aplicación a festivales, me interesa especialmente pensar en una distribución local, sobre todo en Manabí, donde ocurre la historia y donde fue filmada. Me gustaría que una de sus primeras proyecciones fuera en las comunidades de La Estancia y San Vicente, y que a partir de ahí la película pueda convertirse también en un espacio de encuentro para que jóvenes y adolescentes puedan acercarse al cine y contar sus propias historias.
Paralelamente, estoy participando en un proceso de acompañamiento con el equipo educativo del Centro de Arte Contemporáneo de Quito para una futura exposición colectiva sobre ficciones queer. Es un espacio que me ha permitido compartir y aprender de otros procesos dentro de la comunidad, y la obra que presentaré parte justamente de Piel de Ángel para trasladar algunas de sus preguntas hacia otro lenguaje.
Creo que, más que trabajar sobre un tema específico, estoy empezando a entender mi práctica como una manera de seguir ciertas preguntas y descubrir hasta dónde pueden llevarme.














Deja un comentario