Primer funeral, por kathya carvajal

La vida cambia en un instante.

El instante normal.[1]

A mis ocho años, dormir plácidamente entre mi edredón de Dora, la exploradora y mis peluches era un instante normal. Mi cuerpo desplegado por toda mi cama, sin la preocupación de tener que madrugar para ir a la escuela. La noche del sábado 27 de junio del 2009, mi mamá y yo hicimos una maratón de películas: Los Aristogatos, Gremlins, Jumanji y otras más que no recuerdo. La diversión duró hasta la madrugada del domingo. Terminamos exhaustas después de pasar más de cinco horas frente al televisor, comiendo canguil dulce como si fuera el último día de nuestras vidas.

El domingo me desperté a las diez de la mañana y corrí a la habitación de mi mamá. El plan era continuar mi siesta con ella, pero al entrar no encontré a nadie. En ese segundo, mi instante normal se evaporó. 

Las sábanas de la cama estaban arrugadas y el ventilador encendido. Mi mamá odia ver una cama desordenada y un electrodoméstico funcionando cuando nadie lo usa. El ambiente era extraño y empecé a preocuparme. En ese momento, solo estábamos mis peluches, mis muñecas y yo en el interior de mi casa. Intenté abrir la puerta principal, pero estaba cerrada. Me vi abandonada por mi madre, como en uno de los episodios de Unsolved Mysteries, en el que una niña se despide de su madre para ir a dormir y, por la mañana, no hay rastro alguno de su progenitora. En el episodio, las razones de la desaparición, según el investigador, podrían ser las siguientes: un secuestro llevado a cabo por criminales o por alienígenas. En cualquiera de los dos escenarios, su vida está en riesgo.

Mi teoría fatalista se desarmó en cuestión de un minuto, al ver asomada la figura de mi mamá en el umbral de la puerta. Supe que no me había abandonado, que ningún alienígena o criminal había abierto los seguros de las puertas y ventanas para alejarla de mí.  

Mi mamá entró, se sentó en el mueble, y me dijo: “Tu abuela se desmayó hace más de una hora; una ambulancia la llevó hasta la clínica”. Fueron palabras soltadas hacia mis oídos sin ningún tipo de precaución. Esa escena me recordó a una de las tantas que veía en series de criminalística, cuando un agente debe avisarle a alguien que su familiar o amigo yace en el interior de la morgue. Los agentes, con rostros impasibles, evitando comprometer cualquier tipo de emoción, como mi mamá en ese momento. Las facciones que conocía de ella estaban asociadas a la risa o el enojo, pero la que percibí en ese momento no era similar a una de esas. Fue algo distinto, como si detrás de su rostro escondiera un secreto al que todos tenían acceso, menos yo.  

*

Mi abuela Betty era diabética. A mis ocho años, lo único que entendía sobre esa enfermedad era que ella no debía consumir dulces, aunque en más de una ocasión la vi con una Coca Cola en las manos. Al descartar una mala reacción de su cuerpo como consecuencia de su diabetes, recordé un momento importante: cuando hacía mucho sol, mi abuela me repetía que usara gorra porque mi cabeza se calentaría tanto que terminaría debilitándome y cayéndome al suelo. El desmayo del que solía hablarme era a causa de una alta temperatura corporal, y ese día hacía mucho calor. Esa fue mi conclusión: la bola gigante de fuego la debilitó.  

Desde el 2004, la presencia de mi abuela dejó de ser constante en mi casa. Sí, compartíamos tiempo juntas, pero, a diferencia de los primeros meses, en los que mi mamá requería de su ayuda diaria para cuidarme, ya no era necesario llamarla diez veces al día para que me bañara o me alimentara. Si mi mamá debía realizar alguna diligencia, yo seguía quedándome bajo su cuidado, pero a mí me tocaba ir a su casa. 

Mi abuela también dedicaba tiempo a su nieta de sangre, Jahaira, que tenía once años y necesitaba de su atención mientras René, su mamá, trabajaba. Fue así que mi mamá y yo, poco a poco, dejamos de depender de ella. Un instante normal era las veces en que mi abuela, mi mamá y yo nos reuníamos en el patio de mi casa junto a las dos hijas y la otra nieta. Había snacks, risas, chismes, quejas, juegos de mesa y música. Cuando estábamos juntas, nada era aburrido. Prefería pasar junto a ellas que con mis compañeras de la escuela. 

El resto de ese domingo pasé encerrada en mi cuarto e hice mis tareas para presentar al día siguiente. Mi mamá, en tres ocasiones, fue a la casa de mi abuela para preguntar sobre su estado y acompañar a Jahaira, quien no pudo ir en la ambulancia. Por la noche, me dijo que el lunes en la mañana iría a visitarla. René y María Fernanda, a través de una llamada, le dijeron que mi abuela estaba consciente. Por el tono optimista con el que me lo contó, fui a dormir tranquila. Nada me atormentó.  

+

La mañana de ese lunes me sumergí en mi rutina escolar: bañarme, vestirme, desayunar, cepillarme los dientes e ir a clases. Mi profesor de matemáticas no paraba de anotar innumerables fórmulas para obtener resultados absurdos. Yo ni siquiera sabía las tablas de multiplicar. Todo era un sinsentido. Supongo que eran las once de la mañana, porque el patio de la escuela estaba iluminado por la intensidad del sol y, en el interior del aula, ninguna de mis compañeras usaba su abrigo. Todas estábamos distraídas. El profesor, cansado de que nadie le prestara atención, nos asignó una actividad al azar. Era el momento del día en el que nadie quería hacer nada. Algunas conversábamos, otras comían en sus pupitres o presumían de sus plumas escarchadas. 

De todo el ruido que había en la clase, formado por el parloteo de mis compañeras, emergió una voz que pronunciaba mi nombre. La profesora responsable del curso me dijo que mi mamá me esperaba afuera. Me sentí extrañada porque aún no era la hora de salida, pero tampoco me preocupé por sacar conclusiones. La conversación con mis compañeras se detuvo; les dije que regresaría.

Salí del curso y mi mamá estaba de espaldas. Cuando vi su rostro, supe que, sea cual sea el tema sobre el que conversaba con mis compañeras, no se retomaría ese día y, probablemente, tampoco el siguiente. Me paré frente a ella y abrió los brazos para abrazarme. Me sostuvo con tanta fuerza que sentí que lastimó mis costillas. Su silencio era más fuerte que su llanto, así que me arriesgué a dejar salir las palabras que tanto temía pronunciar, por miedo a que se hicieran realidad: “¿Se murió?”, le pregunté. Mi mamá era una tormenta de lágrimas. Sus intentos por articular palabras me estremecieron como cuando escuchaba el estruendo de un trueno o veía el resplandor enceguecedor de un relámpago en mi cuarto.

Desde que había comenzado la desgracia, era la primera vez en que sus facciones se transformaron en una tristeza absoluta. Ni siquiera sabía la causa de muerte de mi abuela, pero lo único seguro en ese momento era que nunca más la volvería a ver. Nuestro próximo encuentro sería en una sala de velación. Yo empecé a lagrimear, y mis compañeras en el interior del salón de clases siguieron riendo y comiendo como si nada. Ellas aún tendrían a sus abuelas, yo no.

Mientras aún dormía aquel sábado por la mañana, mi abuela Betty, seguramente, realizó su última caminata por la acera que delimita nuestras casas de la calle principal. Como todos los fines de semana, debió despertarse temprano para ser una de las primeras en llegar a la panadería que estaba a dos cuadras de su casa. Al regresar, paró en la esquina para repartir tres panes a los perros callejeros.

Pocas veces la vi llevar a cabo su rutina, porque normalmente me despertaba más tarde. Cuando tuve la oportunidad de presenciar su recorrido, fue porque madrugaba para realizarme exámenes de sangre o para acompañar a mi mamá en algún viaje. El viernes, dos días antes de su colapso, fue la última vez que la vi con vida. Ella regaba las plantas de su jardín y, desde mi ventana, le grité que fuera a la panadería a comprarme un pan de chocolate. Fingió fastidiarse, pero luego me sonrió.  

Fui al curso a recoger mi mochila y mi lonchera para irme. Una compañera me preguntó por qué me iba tan temprano. 

—Mi abuelita se murió —le dije.

No sé si fue indiferente o solo no supo qué decir, pero no respondió nada. Todas teníamos abuelas, pero solo la mía parecía ser lo suficientemente vieja y enferma para morir. Las de ellas aún tendrían la oportunidad de ver a sus nietas graduarse de primaria, secundaria y, quizá, de la universidad.

Afuera, en la dirección, mi mamá explicó que me retiraba de clases por la defunción de un familiar. La profesora quiso saber quién era. Mi mamá dijo que se trataba de una vecina nuestra que fue muy cercana a nosotras. 

—¿Entonces regresa mañana? —preguntó la profesora. 

¿Por qué iba a regresar al día siguiente? ¿Por qué no podía tomar una semana libre hasta sentirme bien y regresar al curso para sentarme junto al resto de las niñas que aún tenían viva a una de sus dos abuelas?  

Cuando en El año del pensamiento mágico le indican a Joan Didion que su esposo ha muerto, el asistente social que presencia esa escena interviene con las siguientes palabras: “Está bien. Es una mujer muy entera”. Esta frase me recuerda a la pregunta que hizo aquel día la profesora. Tal vez, trató de decir que yo era una mujer muy entera y que estaba lista para regresar a clases al siguiente día. Yo tenía ocho años; ni siquiera era una niña entera.

Sé que comparar la pérdida de un esposo con la de una vecina es exagerado, pero no entiendo qué necesitaba demostrar para que alguien comprendiera que mi dolor era tan importante como perder a un esposo o a una abuela biológica. La persona que me vio crecer, que me bañó, que me dio de comer, que me cosió ropa, y con quien, desde que nací, compartí más tiempo junto a su que con mi propio padre, nunca más volvería a estar conmigo. Si con la pérdida de un esposo las reacciones ajenas son insensibles y crueles, no podía esperar condescendencia en mi caso, en el que Betty no era aceptada como mi abuela por no estar relacionada conmigo bajo los estatutos del estudio de la herencia biológica.  

Hasta la noche del domingo, existían esperanzas. Mi mamá se encontraría con ella y en un par de días yo iría a su cuarto de reposo para abrazarla y molestarla. Al final, ninguna de las dos tuvo la oportunidad de despedirse. Lo que mi mamá quería decirle se perdió entre las ondas electromagnéticas que permitieron que las hijas de mi abuela le informaran sobre el deceso. Eso fue lo último que mi mamá tuvo de la persona que la acompañó por más de quince años: una llamada telefónica que le dio la noticia de su muerte.  

La voz narrativa de la columna Callada, escrita por Leila Guerriero, se refiere a la muerte de su abuela: “Jamás me dijo que me quería. Hacia el final de su vida estuvo enferma algunos años, que yo pasé esperando el llamado que me anunciaría su muerte”. (Guerriero, 2023, pág. 26) No recuerdo que mi abuela me haya dicho un “te quiero”. Cuando por las tardes se sentaba en el jardín de mi casa junto a mi mamá, ambas chismeaban por horas mientras yo merodeaba en los alrededores, fingiendo que jugaba con mis muñecas o evitando pisar las hojas y piedras dispersas por el suelo. Esa era mi estrategia para intentar escuchar lo que ellas conversaban. De esa forma lograba enterarme de la vida de personas que quizá eran mis vecinos, familiares o unos completos desconocidos para mí. Mi abuela, al notar la curiosidad evidente en mi mirada, que pretendía concentrarse en un juego inexistente, me devolvía el gesto aumentando el tono de su voz. Así me permitía tener acceso libre a los chismes. Eso era un “te quiero”. Todo lo que he escrito sobre ella es un “te quiero”. 

Tal vez, mis compañeras de primaria, ya adolescentes o adultas, fueron advertidas de los quebrantos de salud de sus abuelas. Cuando llegó el momento de decir adiós, tal vez, ellas sí recibieron un abrazo o un ligero roce de dedos marchitos sobre sus manos. Tal vez, sus abuelas siguen vivas. Tal vez, la mayoría no logró despedirse, y hasta ahora seguimos esperando ese adiós. 

+

En la sala de velación no había muchas personas. Recién ordenaban el lugar para ingresar el ataúd. Todos eran familiares de mi abuela Betty. Mi mamá y yo éramos las únicas que no compartíamos un vínculo biológico con ella. A medida que la sala se llenaba, los murmullos crecían. Algunos lloraban, se lamentaban, reían, comían galletas o tomaban café. René, María Fernanda y Jahaira estaban tristes y ocupadas atendiendo a sus familiares y a los amigos y conocidos que llegaban.

Me sentía aburrida, pero cuando avisaron que entrarían el ataúd, el aburrimiento se transformó en miedo. Desde el viernes no había visto a mi abuela, y después de tres días, la vería encerrada en una caja de madera. Afuera de la sala, alguien se quejaba con intensidad. Parecía una exageración. Las personas especiales para mi abuela no llorábamos de esa forma. Nosotras cinco tuvimos que reprimir las ganas de gritar y exigirle a Dios, o a quien sea que determine el tiempo de vida de cada ser humano, que nos devolviera a mi abuela. Aunque solo fuera un ratito más. Sobre todo, a mi mamá y a mí, que no la abrazamos por última vez.  

En El año del pensamiento mágico, Didion cita este fragmento del libro Funerales de Emily Post: 

En la parte delantera del pasillo central solo hay que sentarse si se tenía una amistad muy íntima con el difunto. Si uno es un simple conocido, tiene que ocupar un asiento de la parte trasera donde no llame mucho la atención, a menos que el funeral sea muy pequeño y la iglesia grande, en cuyo caso uno se puede sentar en el último asiento del pasillo central, hacia el fondo. (Didion, 2005, pág. 35)

Mi mamá y yo permanecíamos sentadas en el interior de ese cuarto frío, apartado de la sala de velación, donde lo único que predominaba era el zumbido de un aire acondicionado. Parecía que éramos las encargadas de cuidar las pertenencias de René, María Fernanda y Jahaira. Cuando decidimos salir, los asientos ya estaban atiborrados por gente que nunca había visto en mi vida, y que, al parecer, mi mamá tampoco conocía. Según Emily Post, los asientos delanteros estaban reservados para quienes formaron una amistad muy íntima con la difunta, pero en ellos no había lugar para nosotras. En ese momento, no supe qué lugar ocupaba en la vida de mi abuela. Con ella muerta, ya no había forma de que me invitara a sentar en la primera fila, frente a la caja que contendría su cuerpo en la futura descomposición.  

A veces siento que mi dolor es inválido, porque fueron sus dos hijas y su nieta las que enfrentaron el sufrimiento de recoger a su madre muerta, llamar a los servicios funerarios y escuchar los pésames, tanto sinceros como hipócritas, de las personas que llegaban a la sala de velación. Mi mamá y yo estábamos allí sentadas, rodeadas de desconocidos, sin saber qué hacer. 

Al día siguiente, el 30 de junio, alrededor de las diez u once de la mañana, mi mamá y yo continuábamos en el interior de ese cuarto frío, destinado a quienes aún no asimilábamos esa muerte repentina. Había más personas en la habitación, y el barullo de las voces se mezclaba con el zumbido del aire acondicionado. Algunos familiares o amigos de mi abuela se acercaron a saludarme. Para otros, solo existía mi mamá. Afuera, los asientos continuaban repletos. Cuando llegó el momento del entierro, los alaridos que había escuchado el lunes por la tarde volvieron a emerger. Mi mamá me preguntó si me acercaría al ataúd. No lo hice, ni el lunes ni el martes. Decidí que la última imagen que conservaría de mi abuela sería la del viernes, cuando conversábamos y me sonrió.  

Solté la mano de mi mamá. No fui capaz de acercarme a la bóveda en donde colocaron el ataúd. Me senté en el piso y ella se alejó unos pasos, pero no me dejó sola. En ese instante, por segunda vez, perdió a su madre. Primero, a sus dieciséis años. Ese día, a sus cuarenta y cuatro. Me desanimaba ver el rostro húmedo y apesadumbrado de mi mamá, y también saber que, cuando me aburriera, ya no podría molestar a mi abuela. A diferencia de algunas personas a nuestro alrededor, quienes seguían gritando desconsoladamente, mi mamá y yo llorábamos en silencio.  

+

El cementerio donde yace el cuerpo de mi abuela queda cerca de mi casa. También está a dos cuadras del lugar en donde estudié desde el jardín hasta el bachillerato. Cuando tenía cinco años, mi mamá y mi abuela fueron a verme a la hora de salida. Nos regresamos caminando y, para acortar el camino, cruzamos por el cementerio. Yo corría por el césped, tan verde que parecía recién regado. Mi abuela me perseguía. Las tres nos reíamos. Quise robarme un ramo de rosas artificiales que estaba sobre una lápida. Mi abuela dijo que eran lindas, pero que si me las llevaba, me iban a perseguir los fantasmas.

Cuando estaba en el colegio, a veces realizaba el mismo recorrido y me acordaba de mi abuela, corriendo detrás de mí, entre tumbas y flores falsas.  

+

Tras pasar dos meses desde la muerte del esposo de Didion, llega el momento en que debe despojarse de algunas de sus pertenencias. En El año del pensamiento mágico lo describe como un ritual sagrado entre la memoria de su esposo y ella. Cuando esto ocurrió en la casa de mi abuela, mi mamá y yo no participamos en ese ritual. Al igual que Didion, René y María Fernanda no quisieron repartir la mayoría de los bienes de su madre. Quizá, esperaban que mi abuela escapara del ataúd y fuera a visitarlas. Para cubrir el cuerpo cadavérico, ellas le ofrecerían las prendas de vestir que utilizó en vida.  

Los recuerdos que quedaron para mi mamá fueron un par de aretes y un dije. Para mí, un abrigo negro que no sé cuándo tejió, pero debió haber sido tres o cuatro años antes, porque mi cuerpo de ocho años ya no cabía en él.

El lunes, antes de ir al cementerio, mi mamá se sentía estresada porque en mi clóset no había prendas adecuadas para asistir a un funeral. Al final, usé un vestido que previamente había llevado a un evento escolar: era azul oscuro con bolas blancas dispersas por la tela. Creo que me veía absurda. Un desconocido hubiera pensado que iría al cumpleaños de una de mis compañeras de la escuela. El abrigo negro habría sido una mejor opción.  

Regresé a clases el jueves, dos días después del funeral. Las niñas, que todavía tenían a sus abuelas, no me preguntaron nada, tampoco las profesoras o los profesores. Mi mamá, que no lloraba mientras yo estaba presente, seguía triste al ver el portarretrato con la foto de mi abuela que reposaba en su mesita de noche. Eso es lo único que nos queda de ella: su foto, un par de aretes, un dije y mi abrigo negro. 

René, María Fernanda, Jahaira, mi mamá y yo no volvimos a reunirnos por las tardes en el patio de mi casa. Las pocas veces que regresamos a ese lugar, una o dos de nosotras faltaban. Extraño pasar tiempo con ellas. 

Tengo una mamá viva, un papá vivo y una abuela muerta. 

Bibliografía

Didion, J. (2005). El año del pensamiento mágico. (O. D. Miguel, Trad.) Nueva York: Global Rhythm Press.

Guerriero, L. (2023). Teoría de la gravedad. Argentina: Libros del asteroide.

  1. Estos versos se encuentran en la primera página del primer capítulo de El año del pensamiento mágico. ↩︎

✦ ✦ ✦
Kathya Carvajal Mera (Guayaquil, 2000)
Licenciada en Literatura por la Universidad de las Artes. Ha publicado sus textos en las revistas literarias Pie de Página, Casapaís y Letralia; en la revista El Otro Cine; en el blog F-ILIA del Instituto Latinoamericano de Investigación en Artes; y en el medio digital Indómita Media. Es cocreadora de La Chica y La Ciudad, un blog en Substack donde se publican trabajos creativos. Le gusta escribir ensayos y cuentos autoficcionales sobre las sensaciones punzantes que atraviesan la experiencia de vivir en Guayaquil.