Desde las profundidades de sus retorcidos y grasosos intestinos de hierro, el Chevrolet aplomado carraspeó con aspereza pilastras negruzcas de hollín entre las rendijas de su abollado capó. Convulsionó como un atormentado animalito eviscerado vivo bajo la inquebrantable irradiación del sol, y paró una, dos, tres veces antes de ceder definitivamente a su pesada cruz y colapsar sobre la arruinada calzada.
—¡NO!—gimió Amaia tras el volante, contorsionando su cobriza cara llagada —. No, ¡Dios! ¡DIOS! ¡No, por favor! ¡DIOS!— suplicó ronca a un progresivo alarido angustioso y se zarandeó violenta hacia delante y atrás con las manos apretadas en la curva ardiente del volante hasta que las palmas ulceradas le pulsaron enrojecidas.
Jadeando el aire fogoso entre sus sarrosos dientes, divisó, a través de su cerquillo cundido del maloliente sudor pegajoso, ahí, detrás de los confines de la caldeada carretera, a la ciudad de mayor población del país, su hogar, hecha ruinas. Torció sus cuarteados labios, poseída de temblores. Solo bastaron dos grados centígrados, pensó. Solo dos, insignificantes, grados centígrados. Hundió medio cuerpo al asiento trasero, apartó las botellas plásticas abolladas aún vacías y atrajo hacia sí su mochila. Al abrirla, un denso y repugnante aroma dulce le atravesó la carne: el par de manzanas y puñado de ciruelas que recolectó se habían podrido.
De un tirón abrió la pesada puerta del ataúd de acero y salió aparatosamente de él. El sol la abrasó con ganas mientras vomitaba las galletitas aguadas que tuvo como última comida hace ocho horas. El ruido gutural de su interior se mezcló con ese inquebrantable sonido de algo ardiendo del entorno, e imaginó unos huevos friéndose hasta dejar su preciosa y apetitosa yema reluciente. Pensó en Marcos, quien la encontró bajo los escombros del último terremoto, y en cómo se aferró a él mientras ella soltaba el pie inerte de su madre. Pensó en todos los demás camaradas sobrevivientes que la recibieron como familia en el refugio cavernoso del cerro, a Paul, Néstor, Marina, Flora, Laura y los demás hombres y mujeres y niños que estaban muriendo de hambre y sed justo ahora.
Amaia escupió un cúmulo de baba espesa, se limpió el vómito de la barbilla, guardó botellas en la mochila y sin comida, sin agua, sin medios con los que pudiera comunicarse o transportarse, se dispuso a caminar bajo el escabroso resplandor del sol hacia la ciudad devastada con la esperanza de hallar algo que los ayudara a sobrevivir.
Pero vomitar lo poco que tenía de combustible para su ruinoso cuerpo la debilitó más rápido de lo que pensó. No pasó mucho tiempo cuando el perenne filtro amarillo de su alrededor la jorobó y, ante sus empequeñecidos ojos, las secas hectáreas ondearon distorsionadas como un gran y abrumante océano. Su cuerpo temblaba y palpitaba del ardor, asándose dentro de los pantalones gruesos y dos capas de chompas rompevientos que la protegían escasamente de las quemaduras de los rayos del sol. Arrastraba los pies y mugía de vez en cuando, recordando las vacas de la campiña que solía brillar de verdor muy cerca de aquí. Le vino a la memoria los viajes familiares, cuando ella y su hermana menor sacaban las cabezas por la ventana y contaban las manchas de las vacas lo más rápido que podían. De eso ahora solo existía una chamuscada sabana poblada de corpulentas grietas zigzagueantes, y de sus amigas bovinas, huesos resecos rodeados de cadáveres de aves rapaces.
No se percató qué tiempo pasó cuando las ondulaciones en el aire crearon figuras difusas en movimiento y voces remixadas de las risas del padre muerto de un infarto, los chillidos de la hermanita que tuvo un colapso orgánico y el silbo de la madre aplastada por pilas y pilas de hormigón. Amaia se relamía el sudor y las lágrimas con desespero. El corazón era un solo sonido sordo cuando, a lo lejos, a la orilla de la carretera, reconoció el metro cuarenta y dos de su hermanita. Estaba preciosa con su pomposo vestido rosa y ridícula tiara de plástico de tienda china. Exponía sus colmillos chuecos con su sonrisa vivaracha, peinada con dos inmaculadas trenzas altas. Podía escucharla. Escuchar su risa de pajarito revoloteando en el aire caliente. Amaia intentó gritar su nombre, pero solo mugió. Mugidos rasposos. Mugidos ahogados. Mugidos entrecortados. Apuró el paso con zancadas entumecidas entre las sacudidas cada vez más agresivas de su cuerpo, pero cayó al suelo una, dos, tres veces, y todo a su alrededor se fundió en turbulentas ondas que la tiraban de un lado a otro. Excepto a su hermanita. Ella daba vueltas y vueltas y Amaia se hundió desorientada a sus espirales. No tardó en empezar a convulsionar en el pulverulento suelo, friéndose como un huevo, un huevo de yema rota.
Debía volver a la ciudad…debía volver con provisiones…debía volver al refugio…debía volver…debía…Vomitó algo ácido con sangre y su hermanita se desvaneció ante sus ojos entre la repentina corriente de aire ascendente, dejando solo su aroma de chicle de sandía. En su lugar, se materializó un hombre moreno de camisa y pantalones blancos, con el pelo marrón sobre los hombros y una espesa barba. Apenas hizo acto de presencia, una ola helada cubrió a Amaia. El hombre caminaba DESCALZO sobre la ardiente carretera agrietada, y cada paso lo transportaba a puntos aleatorios, llegando a su lado con una incongruente rapidez. La levantó con formidable destreza entre sus brazos de hielo, y ella, azorada por la insolación, se removió como un cachorrito herido e intentó meterse dentro de su camisa, chupándole el pecho frío en un intento de extraerle el frescor de su cuerpo al suyo.
Pronto, Amaia se consumió en las profundidades de su propia oscuridad.
—2—
Dormir era lo que más hacía Amaia en los últimos días en la cueva. Cuando volvía en sí, se sentía igual o más enferma que antes de caer a la inconsciencia. Sin embargo, esta vez al despertar la colmó una abrumadora sensación de alivio y descanso. Las ardorosas quemaduras de su piel no la recibieron. Un aire frío y limpio se metía suave a su nariz. La resequedad de su garganta había desaparecido. La boca estaba limpia y los labios tersos, y no hedía a agrio ahumado. Amaia se sintió, por primera vez en mucho tiempo, humana.
Abrió los ojos inhalando con fuerza por la boca, desesperada por llenarse más de ese aire límpido. Enseguida se dio cuenta que se hallaba encerrada dentro de una ¿cápsula? empañada del vapor frío que emergía de todos lados. Percibía de aquel frío un olor concentrado a medicina. Desnuda sobre una superficie blanca, se incorporó de golpe, revitalizada como aturdida, y corroboró que su cuerpo ya no estaba curtido ni quemado ni cubierto de pústulas o irregulares vetas rojas ni bombas de agua. Su piel era de recién nacida: sana y preciosa, más de lo que alguna vez la tuvo. Se precipitó a frotar el vaho de la transparentosa estructura de la cápsula y distinguió a través de ella un espacio cerrado muy luminoso. Le recordaba a la sala de quirófanos de un hospital.
Cálmate, Koiba, le dijo una voz delicada dentro de su cabeza con una rara mezcolanza de acentos. Si prometes no alterarte, te sacaré de la incubadora. Caso contrario volverás a la inconciencia. ¿Está claro?
Amaia permaneció inmóvil, atarantada.
Entenderás todo en cuanto te calmes, le dijo. Ella atragantó un grito y, con los ojos agigantados, accedió. A la defensiva, observó la cápsula accionarse y abrirse despacio hacia arriba. El vapor frío se escurrió como una exhalación, revelando poco a poco a la alucinación del hombre que vio antes de desmayarse. Amaia no sabía cómo explicarse, pero había algo en ese hombre que lo hacía ver artificial. Escudriñó su perfecta postura erguida y tiesa, su rostro emocionalmente plano, y los ojos marrones húmedos, vacíos, ¿falsos? Como si no vieran realmente. Es para no asustarte, le dijo él, todavía hablándole telepáticamente con los labios gruesos sellados en una sonrisa plastificada. Querida Koiba, temo que mi apariencia real te espante y lo menos que deseo es alterarte. Así estarás más cómoda para que pueda responder tus dudas, explicó. Amaia permaneció sobre la superficie fría sin hacer ningún movimiento brusco. Le dedicó una mirada larga a la deslumbrante habitación con techo de cúpula, inmaculada y luminosa, vacía a excepción de ella, el no humano y…¿Gustas, Koiba? Es para ti, dijo el no humano apenas ella observó la mesita al lado suyo, que tenía servida una masa pastosa gris sobre un plato blanco de porcelana con una reluciente cuchara. No recordaba que estuviera ahí segundos antes, ¿o sí? Nos alimentamos de forma diferente, por lo que creamos un alimento ideal para ustedes, rico en vitaminas, minerales y proteínas. Pruébala, expuso con forzado tono orgulloso. Amaia dudó. Piensa, ¿qué comida no degustas desde hace mucho tiempo?, persuadió, y sus ojos se abrieron todavía más. Ella carraspeó una risita. Esto debía ser, DEFINITIVAMENTE, una alucinación. No había más explicación. Estaba agonizando en la carretera desolada mientras era rostizada en vida por el sol. Eso era todo. Como nada de esto era real y estaba por morir, quería poner a prueba hasta qué límites su enfebrecido delirio la llevaría a alucinar. Recogió el plato de la mesita, revolvió la masa grisácea con la cuchara y se llevó media cucharada a la boca.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Le sabía al arroz humeante con queso que solía prepararle su madre cuando era niña. No sabía que deseaba volver a probarlo, pero tampoco le extrañó. Se llevó otra cucharada y esta vez le supo a la sopa de lentejas de su abuela. Descosió una sonrisa y probó otra cucharada, y otra y otra. Comió su comida chatarra favorita: pizza con orégano y helado de menta. También pastel de chocolate de su último cumpleaños y jamón glaseado de la navidad de hace tres años. Devoró todo con las mejillas empapadas de lágrimas, chupándose los dedos, riendo para sí misma. Fue después de comer que se dio cuenta que tenía al no humano a su lado acariciándole el pelo. Lo miró y él mantuvo esa imperturbable sonrisa. Amaia apartó la cabeza y el no humano acomodó su mano al costado con meticulosos movimientos controlados.
Su especie está al borde de la extinción, explicó antes de que Amaia fuera consciente de las preguntas que quería hacerle. Mi raza ha vivido en colonias en sus océanos desde antes que ustedes aparecieran. Estuvimos aquí cuando ocurrió la gran helada, ahora presenciamos la gran ebullición. Nos preparamos para albergar su especie hembra en reservas cuidadosamente diseñadas para ustedes. De esta manera, habrá raza humana qué recolocar para el día de su inserción al planeta. Ya lo hicimos una vez y lo volveremos hacer. No te preocupes.
Amaia se reservó en gritar, llorar, salir corriendo, ¡algo! Después de todo esto era una alucinación, ¿no? «¿Por qué solo mujeres?», se le ocurrió preguntar. Él respondió: Las hembras son las únicas que están compuestas con órganos aptos para crear una nueva vida. Son la especie más importante para conservar la raza humana. Alteramos la funcionalidad de reproducción para que puedan desarrollar un embrión con un óvulo no fecundado. Así concebirán nuevos humanos dentro de una natalidad controlada y supervisada en la reserva.
Amaia palideció, perturbada.
«¿P-por qué no estoy en esa reserva con las demás?», masculló, y el no humano sonrió más alto y, por fin, sus ojos encendieron una chispa de emoción. Te rescaté porque te quiero a mi lado. Conmigo no necesitas pasar por el proceso de alteración de fecundación porque tendrás otras funciones: ser mi compañera. Te cuidaré y protegeré, Koiba, prometió, y volvió a palmearle la cabeza. Amaia intentó no gritar, tiesa como una vara. «Necesito estar en mi tierra de origen, me esperan personas que también me salvaron y recibieron como su familia», refutó, cautelosa. Entiendo, Koiba, pero tu hábitat no es conservable ahora. En este espacio el tiempo no pasa como en tu mundo. Han pasado seis semanas y El Día E está sucediendo. No hallarás la humanidad que conoces, explicó impasible. «¿El Día E?», le preguntó con la cordura trepando las paredes de su cabeza. El Día de la Ebullición. Tu planeta ya no resiste más las temperaturas altas a niveles desproporcionados. Es el reinicio de la existencia. Pasarán miles de años antes de que vuelva ser habitable para los humanos. Tú no vivirás lo suficiente cuando suceda y reinsertemos la nueva humanidad. Por eso, quédate conmigo, Koiba.
A Amaia ya no le estaba gustando el rumbo de esta alucinación.
«No me importa si quedan dos o tres horas», exclamó susurrante y muy, muy lento. «Debo volver con provisiones, aunque sea esa comida inventada tuya», le clavó la mirada con intensidad. «Por favor». El no humano no parpadeó durante un buen rato. No entiendo, Koiba. «Claro que no» suspiró ella. «No eres humano».
El no humano expuso total inexpresión en su rostro clavado al reflectante suelo. Se movió mecánicamente para desaparecer hacia una puerta deslizante de una sección de pared y volvió casi enseguida, con cinco latas grandes de comida para humanos y con su ropa limpia y doblada. Amaia se vistió, abrazó las latas y el no humano le colocó un dedo luminoso sobre la frente. Su condescendencia no la dejó tranquila ni un momento mientras su alrededor se alteraba, encontrándose de pronto a pocos metros de la boca de la cueva donde se refugiaba su comunidad.
—3—
Envuelta en la asfixiante presión atmosférica en medio de una endiablada tormenta, Amaia fue derribaba al suelo tras el gigantesco tronido del cielo. Las nubes estaban negras y enfermas, pero aún podía verse la esfera rojiza del sol detrás ellas, acechando como el ojo iracundo de un dios. El agua caía del cielo con brutal salvajismo y el viento la aventaba de lado a lado cada que intentaba ponerse en pie. Amaia alcanzó a salvar con gran dificultad al menos tres latas y de un solo empujón se adentró a la cueva.
«¡Volví y traje las provisiones!», exclamó agitada, chorreando de lluvia para observar que del fondo de la cueva, en medio de las penumbras, solo estaban cuatro figuras raquíticas retorcidas y abiertas con deformadas llagas y ampollas sanguinolentas que supuraban un espeso y fétido líquido grumoso y amarillento.
Dos figuras de senos drenados y fruncidos al esqueleto se hallaban lamiéndose y succionándose entre ellas como simios: eran Flora y Laura. Ambos vestigios de mujeres se llenaban las bocas con los fluidos de las heridas supurantes de la otra, masticando las crocantes costras. Flora, con los párpados corroídos hasta tener los globos oculares prácticamente expuestos, dejándola con el aspecto de estar perenemente asombrada; y Laura, con la dentadura frontal expuesta al tener los labios salvajemente devorados. Del otro lado estaba Paul con las extremidades despellejadas y con media pierna oscura y maloliente en la que gusanillos temblorosos se retorcían; y el otro, Marcos, sin un ojo y una oreja —la cual estaba entre los dientes de Paul— masticaba con la boca abierta desechos hediondos que escarbaba del chupado culo flácido de Paul, embardunando sus manos para llevárselos a la boca. Todos desnudos entre los restos de sus hermanos sobrevivientes, ahora organismos rojizos y viscosos de orine, mierda y pus.
Amaia soltó las latas e impulsó el cuerpo hacia delante para vomitar borbotones de líquido plomo. Un aullido regurgitante estalló de la garganta de Flora, señalándola con el dedo huesudo sin uña.
—¡¿Dónde estabas?!—bramó Marcos escupiendo heces al aire y la cara llena de úlceras oscuras. Amaia arrojó restos grumosos de su boca y retrocedió temblorosa, aterrorizada.
—¡Creí que estabas muerta!—gritó Paul masticando la oreja como chicle.
—¡Ha engordado! ¡Su pelo! ¡Su piel! ¡Está curada! ¡Esta no es Amaia!—aulló Laura y abrió ampliamente los ojos con un escandaloso ruido de sorpresa mientras Flora chillaba como un animal, retozando alrededor de sus piernas de palillos.
—¡Es que tú no eres Amaia! ¡No eres Amaia!—secundó Paul y escupió un trozo del borde curvado de la oreja de Marcos.
—¡Belcebú! ¡Belcebú!— chilló Laura con los puños crispados en los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.
—¡SOY AMAIA!—vociferó Amaia con voz estrangulada cuando le aterrizó una piedra a un costado de la cabeza.
Su cuerpo cayó sobre el suelo viscoso mientras afuera el cielo estallaba como si se rompiera a pedazos, haciendo entrar crecientes corrientes de agua al refugio. Apenas Amaia pudo emitir palabra alguna; una piedra filuda cayó sobre su mandíbula, seguida de otra y otra y otra, algunas cubiertas de mierda y otros fluidos que no se atrevió a distinguir. Se arrastró como escurridiza lagartija por el agua estancada hasta al lodo chicloso y se impulsó fuera de la cueva, cayendo en más de una ocasión, cuando su cuerpo se separó del suelo, elevándose por los aires. Ante su propio impacto permaneció suspendida con los brazos expandidos lado a lado. Intricadas rayas eléctricas fracturaron el cielo a sus espaldas y una de ellas aterrizó en la tierra a pocos metros de distancia, estallando en repentinas flamas que se zarandearon liosas a su alrededor. Abajo, los cuatro enajenados lanzaron ensordecedores gruñidos que lindaron a lo animal, casi llevados en peso por los aires.
—¡El demonio ya está aquí! ¡No me llevarás contigo!— rugió Paul y arrastrando su pierna podrida corrió a abrazar el fuego, levantando un aparatoso alarido oscilante.
Desde las alturas, Amaia lanzó un grito amortiguado por la tormenta. Detrás de Paul le siguieron Flora y Laura, que se miraron una última vez, se besaron babosamente las caras, se tomaron de las manos y se lanzaron con las piernas encogidas. Sus escuálidos pellejos se retorcieron entre las llamas y sus desgargantes alaridos galoparon en el viento. Amaia gritaba en sollozos paralizada en el aire, advirtiendo que el último de los enajenados se le acercaba con un montón de piedras en los brazos.
—¡No, Marcos! ¡Te juro que soy Amaia! ¡Tú me sacaste de los escombros del terremoto! ¡Tú me salvaste!—imploró batallando a gritos con la tormenta.
—¡Pues te salvaré de nuevo, adefesio!—bramó él a punto de lanzarle una nueva piedra, pero algo gelatinoso le retuvo el antebrazo por la espalda.
Envuelto en pánico al igual que Amaia, Marcos se dio vuelta y vio a una criatura altísima levitando su asexuado cuerpo transparentoso color mar verdoso del suelo, que si no fuera por su bioluminiscencia pasaría desapercibido entre la torrencial lluvia. Tenía tres extremidades largas expandidas alrededor del antebrazo de Marcos, de las varias que tenía debajo de su cuerpo/cabeza ovalada y desproporcionada con un orificio sin labios por boca. Su presencia terminó por romper el límite de conmoción de Amaia y su mirada se tornó rígida, cubierta por un velo de perturbada disociación. Por su parte, Marcos gritó con la boca sumamente abierta con mierda todavía sobre los molares, se soltó asaltado por bruscos espasmos y, a cuatro patas con el culo levantado y la verga colgándole desinflada, corrió patituerto con el aspecto de un chupacabras a zambullirse al fuego. Agonizó con sus compañeros chillando y gritando que parecían estar danzando efusivos en las salvajes llamas.
Amaia contempló con estupor inquietante aquel cuadro digno de colgarse en los muros bizantinos de una iglesia. En medio de su turbación fue descendida con delicadeza, permitiendo a los vientos endemoniados que la derrumbaran al fango. Te dije que te cuidaría, le recordó la gran medusa con telepatía y agregó: Volvamos a casa. Amaia levantó los ojos con el fuego abriéndose muy cerca de sus talones. Y sonrió con amplitud al distinguir a través del cuerpo traslúcido de la gelatinosa criatura, a su hermanita, de princesita, dando vueltas y vueltas, otra vez. Koiba, no, inquirió la gran medusa, pero no hizo nada más.
—Amaia—le corrigió ella poniéndose de pie.
Alegre, extendió los brazos sobre su cabeza, tocó las puntas de los dedos y de un salto hacia atrás, se lanzó con prodigiosa abnegación a la colosal hoguera, deslumbrada por la grandeza de una esperanza reanudada: convertirse en las cenizas en donde resurgirán las primeras brillantes hierbas que las nietas de sus ancestras bovinas, pastearán en el reinicio del planeta azul, y que, miles de años después, dos hermanas volverán a contar sus manchas.
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Periodista, escritora, poeta y collagista. Le interesa explorar el desborde de la sensibilidad, la enajenación y la magia transformadora de la palabra en verso y prosa. Ha participado en antologías poéticas y de relatos. En 2020 ganó el primer concurso de poesía Josep Carner i Puig-Oriol del Casal Català de Guayaquil. En 2025 recibió el premio único de la XVIII edición del Festival Ileana Espinel Cedeño y el primer lugar del concurso de relato “Efraín Jara Idrovo”, organizado por la Universidad de Cuenca. Como collagista, ha participado en exposiciones en Guayaquil, Cuenca y México. En 2024 fue seleccionada para participar en el Salón de la Mujer de la Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas.

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